El anfitrión de nuestras emociones

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EMPECEMOS A AMAR LAS MEMORIAS QUE NOS HAN HECHO SER LA PERSONA DEL HOY

Podría parecer que los interiores no son más que contenedores que cumplen con necesidades básicas: comer, dormir, atender a la familia o amigos. Sin embargo, es tiempo de poder soñar, degustar, conversar, descansar, pero sobre todo depositar el alma en los huequitos que habitamos.

El hogar es el refugio que produce, escucha y habla; de lo que fuimos, somos y seremos. Siempre he escuchado el pensamiento de que el diseño de interiores es solo para quien puede pagarlo, ¡Ja!, no lo creo. Todos tenemos una historia y no se basa en lo que hemos recolectado, sino en las memorias y modos de vida que hemos construido. El paso del tiempo nos muestra el cambio, todo se transforma, incluso nosotros, pues a diario tomamos decisiones, hacemos parte de nosotros los consejos y pensamientos de otros. Siempre aspiramos, pero también suspiramos porque si bien la vida no es fácil nos ha permitido aprender y llegar a donde estamos gracias al camino recorrido.

El hogar posee el valor cuando lo habitamos, cuando experimentamos atmósferas que envuelven nuestro estado de ánimo. Si no existieran nuestras memorias de vida dentro de él, no sería más que un cascarón vacío. Así que ¡desempolva las viejas fotografías!, ¡pinta ese muro que ves a diario igual que siempre!, ¡acuérdate de la mantita hasta el fondo del armario! y qué hay de ese viejo jarrón, ¡hagámoslo renacer con unas cuantas flores!. La primera interrogante al diseñar un hogar, es identificar cuales son los pequeños detalles que nos hacen pasar momentos felices.

El espacio no es para verse bonito, es y significa cuando lo complementamos. Es sentirse pleno cuando lo vivimos. Si podemos ser nosotros mismos cuando lo habitamos, entonces podemos llamarlo hogar. El diseño interior es aquel refugio en donde depositamos nuestras más profundas emociones.

Por: Leticia Mojica Madariaga.

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